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Hemos ha recopilado artículos o estudios teóricos de diversos autores, todos ellos relacionados con las trabajos de traducción con el fin de que sirvan de consulta para traductores o para cualquier otra persona interesada. Versión y subversión: volver a soñar La vida es sueño Nicholas
G. Round El caso estudiado en las siguientes páginas es un ejemplo sin duda, algo excéntrico de la traducción en forma escrita. En el fondo de tal estudio se deja entrever una cuestión fundamental para toda traductología: entre todas las posibles formas de rehacer un texto ¿cómo llegamos a distinguir la que llamamos «traducción»? Se deja entrever, pero apenas se deja solucionar: a lo mejor hemos de lograr alguna aclaración más o menos parcial. Se trata, además, no tanto de definir lo que es la traducción como de caracterizarla algo mejor. Por ejemplo, frente a aquellos casos de rehacer textos en los que el textofuente (Tf) o el textometa (Tm), o los dos textos respectivamente pertenecen a códigos no lingüísticos, Roman Jakobson acuñó el término traducción intersemiótica1. Aquí no viene al caso discutir la propiedad teórica de tal clasificación. Pero sí cabe observar que el hecho de rechazarla no trae consigo graves problemas metodológicos. Al contrario, si preferimos caracterizar la traducción como algo relacionado específicamente con las lenguas, nos ha de resultar facilísimo diferenciarla de tales ejemplos «intersemióticos». Mucho más problemática y por lo tanto, más informativa se nos hará la tarea de deslindar la frontera entre las otras dos categorías propuestas por Jakobson: traducción interlingual (traducción «propiamente dicha») y traducción intralingual. Poco trabajo nos cuesta, por supuesto, salir con la perogrullada: «Traducir un texto es rehacerlo en otra lengua» y poco más redondearla con plena pedantería: «La traducción de un texto (Tf), existente en una lengua (L1), consiste en rehacerlo como otro texto (Tm) en otra lengua (L2).
Pero el elemento decisivo para estas caracterizaciones rehacer el texto en otra lengua no es nada transparente. En nuestra época la demarcación de una y otra lengua puede parecer un hecho social, político e incluso lingüístico que raya en lo indiscutible. Podría, aun así, merecer más discusión si los ejemplos más inmediatos fuesen lenguas francas como el bislama o el cristang, o si se tratase de las vernáculas eslavas que se disputan los territorios de la antigua Yugoslavia. Tampoco hace más de un par de generaciones que se agitaba en serio entre españoles la cuestión de si el catalán era lengua o dialecto. Medio milenio antes, el Marqués de Santillana se complacía en pagar el trabajo del traductor que le había vertido un texto de Orosio del aragonés al castellano3. Y si remontamos tres o cuatro siglos más, vamos a encontrar razones bastante concretas para poner en tela de juicio el supuesto distanciamiento entre tales «romances» y las formas escritas del «latín», empleadas (e incluso, a veces, vocalizadas) por clérigos y escribanos4. A la luz de todo esto, tiene que parecernos menos seguro cualquier intento de fundamentar la idea de la traducción en el hecho de rehacer textos en nuevos idiomas. Sencillamente, no sabemos distinguir con suficiente claridad los casos donde esto ocurre.
Pero la estructura así definida no se da únicamente en los casos de traducción interlingual. Es característica de todo intento de rehacer textos, incluso cuando no entra en juego el paso fundamental de L1 a L2: de casos de amplificación, abreviación, depuración por motivos morales, y en general cualquier traslado a una nueva subcategoría lingüística, o a un código cultural distinto. En todos estos casos que vamos a denominar, colectivamente, para-traducción el nuevo subcódigo ha de perfilar su propia gama de recursos expresivos, permitiendo así cierta conservación de elementos invariantes. Al mismo tiempo será obligatorio cambiar todo lo que los parámetros del subcódigo no quieren acomodar. Hasta este punto apenas se registran contrastes entre versiones interlinguales e intralinguales.
La traducción aspira a que una mayor parte posible del Tf se cambie al ser rehecha en el Tm, incorporándose plenamente en la L2; y al mismo tiempo aspira a que una mayor parte posible de lo que en el Tf tiene y cumple funciones expresivas las conserve y las siga cumpliendo en el Tm, como tronco invariable de la versión traducida. Verdad es que la medida en que estas dos aspiraciones se realizan difiere notoriamente de un caso a otro. Las razones de ello podrán incluir las semejanzas y desemejanzas entre sistemas lingüísticos, el grado de aceptabilidad del Tm en la Cm, y las relativas capacidades de diversos traductores. Pero siempre será posible, en algún sentido, lograr las dos cosas cambio e invariabilidad a la vez. Donde resulte evidente que esto no ocurre, nos llevará a preguntar si se trata en efecto de una traducción.
Es evidente, además, que la traducción interlingual está más específicamente vinculada con la intencionalidad. Se puede afirmar que «Fulano se ha propuesto traducir este texto, pero ha dado involuntariamente en parodiarlo o abreviarlo o lo que sea». Pero apenas cabría decir que «Fulano se metió a parodiar (o abreviar, o depurar) el texto y, sin quererlo, acabó traduciéndolo». Con todo, tampoco suele ser fácil eliminar de las intenciones del traductor estos y semejantes proyectos de para-traducción. Muy pocos son los traductores que limitan sus esfuerzos estrictamente a lo de «rehacer el Tf en la Lm». Siempre será cuestión de «rehacerlo con estos fines, con estas prioridades», aun cuando no entren en juego intenciones secundarias o matizaciones derivadas de los presupuestos culturales de su público. Toda traducción, además de ser impulsada desde su fuente, es llevada hacia adelante por su meta. Se podría añadir que casi siempre en la práctica la traducción es, a la vez, traductiva y para-traductiva.
Pero luego al meternos como estudiosos de la traducción a un escrutinio más detallado de estos casos, con el fin de caracterizar el proceso propiamente traductivo, entramos en terreno más problemático. La gran dificultad será la de distinguir en el acto entre traducción y para-traducción que casi siempre se dan juntas, aunque casi nunca en relación estable. En lo que queda del presente estudio se intenta facilitar en alguna medida esta tarea discriminativa. Se analiza aquí un caso concreto donde la demarcación entre los dos modos de rehacer un texto se ofrece con cierta claridad para no decir crudeza. Nos vamos a ocupar de una traducción que también y aún en su intención primaria es una parodia.
Se trata, pues, de una distribución mucho más igualada que la que prevalece en las traducciones. En el caso normativo se le supone al traductor mucho mejor informado, en comparación con su público, que el autor de parodias. Es decir que la traducción es siempre (o siempre se ofrece a ser) una aportación cognitiva. La parodia es otra cosa. Y aunque esto no equivale a decir que la traducción no esté orientada, desde un principio, hacia su meta, nos deja sospechar que en la parodia esta orientación ha de estar mucho más marcada. Son juicios, naturalmente, que habría que matizar. Se da incluso el caso límite el del parodista inconsciente que, vacío de todo conocimiento relevante, llega a perpetrar su versión precisamente por no saber lo que sabe su público. Pero tales parodias, más graciosas a veces que las de otro tipo, no son por eso más parodias. Al contrario, la estructura paródica se desarrolla con mayor ventaja cuando así el parodista como su público saben reconocer, aun en su correspondiente deformación, elementos significativos del original. Y esto se logra con mayor seguridad mediante la retirada táctica y voluntaria de una comprensión en serio, que no a raíz de una auténtica y caprichosa ignorancia. De ahí el aspecto carnavalesco, de «subversión situacional» que reviste toda parodia tan grato a minorías ocupacionales en descanso, como los profesores de literatura en los momentos libres de algún congreso. En este sentido, por lo menos, tampoco es obligatorio que la parodia carezca por entero de consecuencia cognitiva. Pero no es cuestión, como en el caso traductivo, de aportar a la Cm conocimientos que antes no se daban en ella. Se trata, más bien, de agudizar y ampliar conocimientos ya compartidos dentro de aquella cultura. Son sobre todo conocimientos de segundo orden: de normas y códigos suspensos o transgredidos en el juego carnavalesco de la parodia. Podrían, por supuesto, incluir las normas propias de la traducción.
La realidad, sin embargo, es más compleja. Ya hemos observado que la traducción se compromete a realizar simultáneamente las demandas de lo invariante y las del cambio obligatorio. Más que mitigar diferencias entre Tf y Tm, esta realización podría, de acuerdo con las normas seguidas por el traductor, respetarlas y aun recalcarlas. Lo imprescindible es que aquello se funda con los elementos identificados como invariantes en el Tf, en una misma expresión lingüística. Se busca una expresión así integrada, más que una sencilla semejanza. También la parodia asume este doble imperativo, pero sin la misma obligación de simultaneidad ni de integración: invariante y cambio, semejanza y diferencias, se ostentan precisamente en su relación contradictoria. Y luego que aparezca aquella relación, apenas hay motivo para prolongar la penosa búsqueda de semejanzas más exactas en un proceso de cambio ineludible. Comparada así con lo que pasa en la traducción, podríamos caracterizar la parodia como un rehacer textual interrumpido. Su eje Tf /Tm, podríamos decir, resulta más corto.
Por lo que se refiere a los precedentes, la primacía del Tf sobre los Pa...Pn podría parecer una característica de la traducción, mientras que la negación de esta autoridad textual sería el elemento clave de toda parodia. No son fundamentalmente erróneas estas perspectivas, pero dan lugar a importantes matizaciones. En primer lugar, lo difícil que resulta caracterizar la equivalencia en las traducciones, y la casi inevitabilidad de recaer en el lenguaje de lo analógico8, quizás pudiera sugerirnos que la relación Tf/Tm no ha de diferir esencialmente de la relación Pn/Tm. Sin duda, si la gama de precedentes invocados resulta demasiado extenso e incoherente, la calidad de la traducción ha de sufrir. También, naturalmente, si el recurso a precedentes llega a producir una inversión de prioridades, entramos en terreno problemático: difícilmente diríamos de un Tm que «traduce este Tf pero sus relaciones analógicas con otro texto, Pn, cuentan para mucho más en determinar lo que es».
Es evidente, además, que la traducción interlingual está más específicamente vinculada con la intencionalidad. Se puede afirmar que «Fulano se ha propuesto traducir este texto, pero ha dado involuntariamente en parodiarlo o abreviarlo o lo que sea». Pero apenas cabría decir que «Fulano se metió a parodiar (o abreviar, o depurar) el texto y, sin quererlo, acabó traduciéndolo». Con todo, tampoco suele ser fácil eliminar de las intenciones del traductor estos y semejantes proyectos de para-traducción. Muy pocos son los traductores que limitan sus esfuerzos estrictamente a lo de «rehacer el Tf en la Lm». Siempre será cuestión de «rehacerlo con estos fines, con estas prioridades», aun cuando no entren en juego intenciones secundarias o matizaciones derivadas de los presupuestos culturales de su público. Toda traducción, además de ser impulsada desde su fuente, es llevada hacia adelante por su meta. Se podría añadir que casi siempre en la práctica la traducción es, a la vez, traductiva y para-traductiva.
Pero luego al meternos como estudiosos de la traducción a un escrutinio más detallado de estos casos, con el fin de caracterizar el proceso propiamente traductivo, entramos en terreno más problemático. La gran dificultad será la de distinguir en el acto entre traducción y para-traducción que casi siempre se dan juntas, aunque casi nunca en relación estable. En lo que queda del presente estudio se intenta facilitar en alguna medida esta tarea discriminativa. Se analiza aquí un caso concreto donde la demarcación entre los dos modos de rehacer un texto se ofrece con cierta claridad para no decir crudeza. Nos vamos a ocupar de una traducción que también y aún en su intención primaria es una parodia. Life is Forty Winks [citado en lo que sigue como LIFW] es una versión inglesa, en treinta y ocho estrofas de forma «limerick» de la comedia La vida es sueño [citado aquí como LVES] de Pedro Calderón de la Barca. Se estrenó LIFW en octubre de 1987 en Calgary, ante un público de especialistas reunidos en aquella ciudad para el congreso «Vidas Paralelas» sobre teatro clásico español e inglés5. La intención paródica salta a la vista, así por la extremada abreviación como por la forma métrica (consagrada en la poesía inglesa a temas burlescas), y una textura verbal rebuscadamente burda y descuidada. Sin duda hubiera sido posible parodiar el texto calderoniano en su lengua original, pero la versión inglesa (amén de ser mucho más fácil para el parodista) resultó bastante a propósito para diversión de aquellos congresistas.
Se trata, pues, de una distribución mucho más igualada que la que prevalece en las traducciones. En el caso normativo se le supone al traductor mucho mejor informado, en comparación con su público, que el autor de parodias. Es decir que la traducción es siempre (o siempre se ofrece a ser) una aportación cognitiva. La parodia es otra cosa. Y aunque esto no equivale a decir que la traducción no esté orientada, desde un principio, hacia su meta, nos deja sospechar que en la parodia esta orientación ha de estar mucho más marcada. Son juicios, naturalmente, que habría que matizar. Se da incluso el caso límite el del parodista inconsciente que, vacío de todo conocimiento relevante, llega a perpetrar su versión precisamente por no saber lo que sabe su público. Pero tales parodias, más graciosas a veces que las de otro tipo, no son por eso más parodias. Al contrario, la estructura paródica se desarrolla con mayor ventaja cuando así el parodista como su público saben reconocer, aun en su correspondiente deformación, elementos significativos del original. Y esto se logra con mayor seguridad mediante la retirada táctica y voluntaria de una comprensión en serio, que no a raíz de una auténtica y caprichosa ignorancia. De ahí el aspecto carnavalesco, de «subversión situacional» que reviste toda parodia tan grato a minorías ocupacionales en descanso, como los profesores de literatura en los momentos libres de algún congreso.
No ya por norma cultural, sino por la lógica interna de la actividad, todo rehacer de textos reconoce como modelo su Tf, aceptando la obligación de crear algo semejante (aunque las diversas formas de recreación textual pueden exigir semejanzas igualmente diversas entre sí). Tampoco es evitable que entren en juego modelos de otros tipos6. En primer lugar, la Cm ha de ofrecer una gama de textos con los cuales el eventual Tm o deberá o podrá o podría guardar relaciones de carácter analógico. Nos hemos de referir a esta clase de modelos como precedentes [Pa, Pb,... Pn]. Luego, en la actividad mental de rehacer el Tf, el Tm no suele aparecer desde un principio, sino que se ofrece en varias representaciones mentales, inicialmente muy incompletas, que poco a poco se van especificando hasta llegar a la plena elaboración del texto rehecho. Aquí las llamaremos versiones [Va, Vb,... Vn], identificando la última de la serie [Vn] con la representación mental del propio Tm. Esta pluralidad de modelos, con la estructura típica de sus relaciones, se da igualmente en la traducción y en la parodia: Los dos géneros se diferencian, sin embargo, por la dinámica de aquellas relaciones. Pongamos por caso la búsqueda de semejanzas a lo largo del eje principal Tf/Tm. Para que una parodia como LIFW logre su efecto paródico, tiene que parecerse en algo a LVES. Pero una traducción literaria de calidad aceptable tiene que reclamar unas semejanzas de alcance mucho mayor. Y así resulta: el Life's a Dream de Kathleen Raine y Rafael Martínez Nadal y la versión más reciente de Adrian Mitchell, del mismo título, por radicalmente que se aparten a veces de la obra de Calderón, se le parecen mucho más que nuestra parodia7. No menos obvia ha de parecer la conclusión a sacar: que el parodista hace alarde de diferencias insalvables, señalándolas como foco ineludible de la atención, mientras que los traductores tienden a mitigarlas y aun disfrazarlas.
La serie de versiones mentales Va...Vn aclara el concepto. El traductor va, mediante tales etapas, hacia el cumplimiento de cierto programa de transformaciones, configurado desde un principio por el Tf. Sin duda alguna, se le han de añadir o sustraer elementos sugeridos por los diversos precedentes Pa...Pn, o por otros factores de la Cm; también la experiencia de trabajar en la obra ha de traer nuevas modificaciones. Pero nada de esto rebaja el carácter cumulativo del ejercicio. Partiendo de Va, el traductor lo tiene todo que hacer; al llegar a su Vn, lo puede dar todo por hecho, dejando sin cumplir únicamente lo que factores culturales o contingentes le coloquen fuera del alcance. No así el parodista, aunque éste también empieza con su programa de «asuntos para tratar», y lo va modificando en el acto de tratarlos. No se compromete a cumplir en su totalidad ninguna serie prevista de transformaciones textuales. Está libre para suspender la sucesión de modelos mentales, y lo hará ya desde el momento en que aparezca con suficiente descaro el contraste entre lo cumplido la semejanza provisoria establecida entre Tf y Tm y lo mucho que queda a medio transformar. Sin embargo, en cuanto coinciden con las que se dan en las traducciones, estas transformaciones paródicas, por el hecho de quedar así inacabadas, podrán resultar más abiertas y de más fácil lectura. De ahí su utilidad como ejemplos de lo que va de una buena a una mala traducción.
Por lo demás, la autoridad mayor del Tf en cualquier proceso traductivo tiene que ser algo menos que absoluto. La aportación de uno o varios textos análogos puede incluso ser lo que más facilite la recreación del Tf en las condiciones ya definidas por la Lm y la Cm. Sobre todo, la serie global de los precedentes activos puede influir poderosamente, abriendo canales amplísimos para la operación de factores culturales. Pongamos por caso las versiones dieciochescas del Quijote, hechas al gusto francés y más en general, toda aquella época de las «bellas infieles»9. El poder de los precedentes, extremado en tales ejemplos, actúa como vehículo de las normas de la Cm, y sobre todo de las que determinan la aceptabilidad de las traducciones. Sin negar la posibilidad de casos de sobredeterminación ilegítima, no sería útil disputar que todo esto fuese también traducción.
Pero el contraste es algo más que estructural. No basta el mero hecho de tales interferencias para que un Tm se identifique como paródico. También hay traductores que admiten una pluralidad de precedentes por puro despiste, o por motivos conscientes y experimentales, y cuyos esfuerzos fracasan sin dar, en particular, en lo risible. Lo que se exige de la parodia es que los Pn en cuestión sean, ellos mismos, paródicos. Pueden serlo en un sentido directo, parodiando textos en la Lm, análogos al Tf. Varias «condensaciones» shakespearianas, por ejemplo, influyeron en la gestación de LIFW: las de Tom Stoppard; las del «National Theatre of Brent»; también el estrafalario Hamlet en tres minutos del glasgüense Adam MacNaughton:
O pueden actuar de forma indirecta, contaminando el decoro del Tf por lo incongruo de sus asociaciones. Es lo que ocurre en LIFW, cuando el coro de los hinchas ingleses se impone como contramúsica en una versión burlesca de «A reinar, fortuna, vamos...»: Here we
go, here we go, here we go! Es como si derogáramos el sencillo código cultural «Tf determina Tm», invocando no el aceptado principio derogatorio «Pero puede ser suplantado por Pn si éste viene más al caso», sino otra derogación de segundo orden: «Y también puede suceder, aunque no venga al caso». Una vez más, sin embargo, hay que recordar que los determinantes de cualquier traducción se le ofrecen no sólo desde la fuente sino también desde la meta. Lo que la sobredeterminación paródica tiende a derogar no se limita a la autoridad siempre mitigada, en todo caso del Tf. Atañe a algo más fundamental, más propiamente traductivo, que es la primacía del rehacer interlingual. No es menos verdad, lógicamente, que también en la traducción paródica el desplazamiento de L1 a L2 ha de ser la indispensable precondición de todas las otras transformaciones que ocurren. Pero en un texto como LIFW esta prioridad formal no estorba la subversión de normas estrechamente relacionadas con la realización en inglés de su original calderoniano.
La parodia, por contraste, da por irrelevante esta prioridad normativa del traspaso interlingual. LIFW lo demuestra netamente en el dominio métrico. Su empleo del «limerick» está motivado por lo anómalo de las asociaciones burlescas, con el intento bastante obvio de subvertir la gravedad calderoniana. Pero dejando a un lado aquella dimensión cultural, un mínimo de acato a la expresividad inglesa hubiera bastado para excluir esta estrofa, con su apretada estructura, sus alegres ritmos dactílicos y sus rimas insistentes, banales. Si en aquella lengua se busca un vehículo para explorar y gradualmente revelar, en forma dramática, delicados temas de conciencia y responsabilidad, de ninguna manera ha de ser éste. La preferencia paródica, además de ser culturalmente anómala, es lingüísticamente arbitraria, ejerciendo una opción que en ningún sentido pertenece a lo auténticamente traductivo.
Verdad es que acelerar una película puede facilitar la revelación de varios procesos naturales a largo término (como lo entendió Walt Disney), o incluso de desarrollos históricos a escala secular (como, con menos seguridad, lo entendió Ortega y Gasset)14. Pero se trata aquí de un original que se mueve a paso humano o ya, como suele pasar en la comedia clásica española, algo más rápido que el tiempo natural, vivido. Y en tales casos, lo que se produce es un efecto de hiperactividad maníaca. Recuerda, más que nada, los antiguos noticiarios cinematográficos, cuyos personajes se pavonean y se escabullen, gesticulando de forma tan espasmódica que no se pueden tomar en serio, aunque sepamos muy bien que andan en comitiva fúnebre, o avanzan hacia el holocausto de las batallas en el Somme. La clave de su ridiculez, bastante inteligible en términos bergsonianos, es el elemento esquematizado, mecánico:15
Pero a veces también este reduccionismo paródico nos ayuda a precisar lo que una traducción, por el hecho de ser traducción, se compromete a llevar a cabo. Los setenta versos en los que Clotaldo expone sus recelos, tras de reconocer como suya la espada llevada por Rosaura, quedan reducidos a una sola estrofa: I gave
Violante this thing
Astolfo:
My lady!
Nada de aquello nos autoriza para insistir en que acierte en todos, ni siquiera para precisar una lista mínima de niveles en los que el traductor tiene que cumplir. Lo que el ejemplo paródico nos lleva a afirmar es, más bien, la necesidad en la traducción de acertar de otra forma. Desde el punto de vista de la lingüística cuyas categorías no sean, quizás, las más aplicables se trata de dirigirse no sólo al aspecto transaccional del lenguaje sino también a su potencialidad para la interacción16. En el contexto teatral, la cuestión se plantea en términos algo distintos. El lenguaje calderoniano hace más que informar sobre el caso dramático: también se esfuerza para representarlo. Y así lo tiene que intentar la traducción; la parodia, en cambio, se contenta con pegarle los correspondientes rótulos verbales. Es como la técnica de la caricatura, donde la imagen de un hombre con capa oscura, sombrero de ala ancha, y una bola negra con el letrero «BOMBA» basta para indicar, sin las sutilezas de un Conrad o un Baroja, que nos las tenemos que ver con un anarquista.
The great
only dream that they're great; Son perfectas perogrulladas. En cambio, una traducción tendría que mostrar cómo aquellas aparentes banalidades vienen a resonar, con efectos nada banales, en la atribulada conciencia del atormentado príncipe. Igualmente, en el primer soliloquio del Acto I lugar clásico del «silogismo poético» calderoniano el esqueleto lógico queda intacto: If birds,
beasts and fishes are free
Obligatoriamente, pero sin garantías de éxito. De nada sirve atribuirle a la traducción, en un modelo idealizado, una total suficiencia en su realización del Tf en el Tm. Nunca en la práctica se da el caso de la traducción sin defectos. El traductor, además, podrá optar, respondiendo a factores situacionales dentro de la Cm, entre varias realizaciones concretas, algunas (si no todas ellas) parciales. Pero en cuanto a la elección del lenguaje, así sus defectos como sus logros se han de medir por la obligación de ir desde un sistema lingüístico a otro. Se compromete a interrogar en cada momento el repertorio global de posibilidades lingüísticas existentes en la Lm para responder a las funciones cumplidas y reconocidas en el Tf. Si involuntariamente, por falta de energías o de conocimientos, rechaza aquella participación en el sistema total de la Lm, el hecho se ha de registrar en una versión defectuosa. Pero tal rechazo constituye una opción perfectamente válida, y aun aconsejable para el parodista, cuyo modo de rehacer textual no padece achaque alguno por consiguiente.
O quizás cabría mejor afirmar que en la abigarrada textura verbal de la parodia, las salidas de tono del gracioso no son tales salidas, por no tener tono coherente de dónde salir. Como en varios otros aspectos, la parodia se deja caracterizar igualmente como algo más elaborado que la traducción una proliferación de códigos y como un rehacer textual relativamente incompleto un código restringido. Pero en cualquiera de los dos casos se diferencia netamente por su voluntaria aceptación de unas normas destinadas a frustrar el intento traductivo en todo sentido adecuado.
And 'is
old mince pies was blinking Aquí también hay un momento parecido: Sólo
a una mujer amaba; y aquí, únicamente, la caricatura adquiere voz humana: I had power;
it's fading... not quite...
Porque tanto la parodia como la traducción tienen como punto de partida el hecho de reconocer en el Tf algo necesario: concretamente, la necesidad de que Tf sea Tf. El traductor reconoce como elemento adicional de aquella necesidad la de realizarla también en la Lm para fines de la Cm. Es decir que se compromete a captar en su Lm no ya «lo esencial» del Tf, sino su esencialidad. En el lenguaje de una traducción acabada se ha de experimentar la misma necesidad que en el de su Tf. La parodia, por contraste, responde a la necesidad inicial del Tf con el impulso de deshacerla para un público por otra parte dispuesto, o medio dispuesto, a acatarla. Por eso busca un lenguaje que sea, sobre todo, contingente.
Así en LIFW se priorizan despiadadamente las exigencias arbitrarias de la rima y luego, en una especie de «subversión secundaria», las de la rima falsa, exagerada: When my
son Segismundo was born Siempre acumulando lo contingente, una lexis nada menos arbitraria conjuga el impreciso vulgarismo «shoved» con la seudoprecisión de «purdah», poco aplicable a la reclusión de Segismundo. El bombardeo de elementos disonantes, desvalorizantes anacronismos gratuitos; frases hechas trilladas; metáforas muertas; tópicos fuera de contexto se generaliza en todo el texto paródico. Valgan como ejemplos algunos versos más de la misma intervención del rey Basilio: Yes, for
horoscopes read But now
that I'm long in the tooth,
Y no es que la traducción no se arriesgue a variar ni a sustituir los códigos derivados de su Tf. Al contrario, tales ajustes forman una parte enteramente normal del proceso traductivo, que no les impone más límites que los que dicta la representación del Tf en el Tm, la Lm y su cultura. Con frecuencia facilitan la realización intercultural. Es el caso de ciertos ecos shakespearianos que casi involuntariamente se imponen a cualquier traductor inglés de LVES. El recuerdo del «perchance to dream» de Hamlet, y del «such stuff as dreams are made on» de Próspero abre el camino a una posible lectura de Segismundo según el código cultural del teatro shakespeariano: un Hamlet en vías de someterse al desengaño de un Próspero18. Incluso cuando Raine y Nadal ponen en boca del Clarín agonizante una alusión jocosa a la muerte como «Old Mortality», o el refrán antiheróico de los soldados rasos de 191418, «If your name's on the bullet, it will find you», ayudan a definir a la vez el ingenio y la simpleza de aquel personaje19. Todo esto y mucho más no deja de ser traducción, y la buena traducción en este sentido se revela como un arte de riesgo y de prudencia.
La misma irresponsabilidad se manifiesta en la práctica del autocomentario. El fenómeno en sí mismo no es, en este caso, ajeno al Tf. Se da habitualmente en los versos finales de las comedias de la época, los cuales suelen funcionar como «colofón hablado». Y en LVES en particular, el autocomentario se difunde implícitamente por toda la obra, que simultáneamente representa y revalora la «sabiduría de este mundo». Toda traducción adecuada tendría que hacer justicia a esta dimensión. Es más: hay ocasiones en que algún elemento de «glosa interna» vendría muy al caso. Rosaura, disfrazada, sale a la escena calderoniana como un joven sin historia; sus primeras palabras son auténticamente impenetrables. De ninguna manera sería impensable que una traducción seria aclarase el enigma visual y verbal. Pero un buen traductor se hubiera guardado muy bien del candor burdo y prematuro de: A hippogriff
(really a horse) que es como empieza nuestra parodia. Y el auto-comentario recurre «Sort that lot out. End of Act One»; «Get on with the plot»; «You're due to be defenestrated»; «So forward, and on with the show!» con repetida, explícita, pedántica insistencia.
Clarín:
You can't do this to me, no! Tal fórmula, quizás, hubiera tentado a un traductor serio, pero la propia seriedad le llevaría, casi seguramente, a rechazarla a favor de «mute» o «muted». Las palabras italianas, reforzadas por una rima grotesca, subrayan paródicamente el recurso invocado, señalando, como si fuera en letras mayúsculas: «ESTO ES UN JUEGO DE PALABRAS»
So it's
back to traditional roles Lingüísticamente, en muchos casos aquí examinados, la parodia nos ofrece ejemplos del lenguaje en su uso textual, presentados como si fueran sencillamente usos transaccionales. Y esta reducción de la variedad lingüística a un plano exclusivamente transaccional corre pareja con otras tendencias reductivas que venimos examinando tendencias que se hacen notar sobre todo en la parodia por abreviación, pero que tienen una importancia constitutiva para todo el género. Vienen a confirmar el modelo de la parodia como una forma interrumpida e incompleta de aquel rehacer textual que la traducción auténtica emprende en su plenitud. Incluso parecen justificar una caracterización de la parodia como código restringido. Y es cierto que la nota característica de la traducción que esto, a su turno, postula la de ocuparse de lenguas y textos en un concepto plenario parece bien fundada. Según este modelo, la traducción parcial o sería una versión a medio acabar, o (como en el caso de LIFW) una traducción frustrada por la forma de para-traducción con la cual viene mezclada.
Es por esta ladera por donde se deja ver con más claridad el sesgo subversivo de la parodia, que de uno u otro modo agrede al Tf, poniendo en tela de juicio su autoridad y los códigos culturales que la sustentan. En su aspecto de código restringido, por contraste, el género tiende a mitigar aquella agresión con el espectáculo transparente de su propia incompetencia. Por la combinación de estos factores, adquiere especial relevancia la noción de la parodia como algo carnavalesco.
Resulta posible, pues, perfilar útilmente las diferencias entre estas dos formas de rehacer textos, sin atribuir a la traducción un monismo que la práctica de tantos traductores tan notoriamente contradice. En efecto, ambos procederes revisten un carácter pluralista (aunque en lo que hacen con este pluralismo hay contrastes palpables). Quizás sea algo menos esperado el que la traducción, tanto como la parodia, se preste a una caracterización en términos bipolares, de tendencias a la vez opuestas y complementarias. Pero esto podría muy bien ser algo típico de todo rehacer textual quizás también de toda manifestación lingüística22.
Véase Tom Stoppard, Dogg's Hamlet, Cahoot's Macbeth (Londres: Faber, 1980) que, por supuesto, intenta algo más que la sencilla recreación paródica buscada en LIFW. Los dos infatigables actores del «National Theatre of Brent» figuraron en varias emisiones de la radio y televisión británicas en las décadas de los 1980 y 1990. Llegué a conocer el Hamlet de Adam MacNaughton en las circunstancias más propicias las de una recitación oral por el propio autor y cito de memoria.
El texto se encuentra en la antología Yet More Comic and Curious Verse, ed. J.M. Cohen (Harmondsworth: Penguin, 1959).
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